18 ene. 2011

¡A las librerías!, esa es la consigna

Mañana de resacón. Me despierto con un clavo perforándome el cerebro y una pelota de engrudo en la boca, y me tomo mi primer café (negro como el carbón que le traerán los Reyes Magos Progresistas a Zapatero) con la sensación de que taza y cuchara están forradas de piel, como aquel Objeto (1936) diseñado por la genial Meret Oppenheim (1913-1985) que reproducen todas las historias del surrealismo. En estas entrañables fiestas vengo bebiendo demasiado (y no precisamente para olvidar), lo que hace que inevitablemente recuerde aquella sentencia que le espetó el viejo carcamal filomafioso Dean Martin a quien le preguntó acerca de su alcoholismo: "Odiaría ser abstemio. Imagínese levantarse por la mañana sabiendo que en ningún momento del día vas a sentirte mejor". Menos mal que yo bebo poco, al contrario que algunos de mis amigos escritores, que siguen alimentando a diario la más conspicua de sus enfermedades profesionales. Quizás algunos de ellos y de mis improbables lectores puedan vislumbrar esta misma noche, la única del año universalmente desprovista de conticinio, al viejo año saliente escarbando en los tachos de basura y al entrante berreando desconsolado entre las bolsas de desperdicios que deja la orgía de consumo. Y eso que ahora gastamos menos, lo que, según el manido símil del merlúcido que se muerde la cola, podría ayudarnos a explicar por qué seguimos inmersos en la crisis. Supongo que la cosa funciona así: desde que las agresivas políticas neoliberales implementadas en la mayoría de los países de la OCDE aceleraron la polarización de las rentas entre los ciudadanos que más tenían y los que menos, los superricos -los tío Gilitos del mundo- vienen consumiendo un porcentaje mucho menor de su propia renta que el ciudadano corriente, que, desde el estallido de las subprime tiene miedo a lo que venga y se lo piensa mucho a la hora de gastar: sobre todo en un país, como el nuestro, en el que llamas a una puerta y tienes muchas posibilidades de que te abra un desempleado (suponiendo que el banco todavía no se haya quedado con su casa). De resultas de todo ello, disminuye el consumo, lo que seguirá sucediendo mientras no se consiga una nueva distribución de la riqueza (se me ocurren varios modos de lograrla, pero ninguno gustaría ni en Fráncfort ni en Wall Street). He paseado durante el mes de diciembre (igual que hicieron en 1873 Barbarita y Plácido, dos de los personajes de Fortunata y Jacinta, nueva edición en Castalia) "por esas calles, de tienda en tienda, entregado(s) al deleite de las compras precursoras de Navidad", pero he encontrado menos alegría que otros años. Me refiero, sobre todo, a las librerías, y eso que algunas se benefician de la (relativa) baratura del producto que venden, comparado con otros regalos muy socorridos en estas fechas. Todavía quedan días para Reyes, de manera que, si se lo pueden permitir, dense una vuelta por ellas, que no están pasando su mejor año.
Locales
¡A las librerías!, esa es la consigna. Si no saben qué elegir, déjense guiar por las listas de los libros mejores del año (por cierto, no me dio tiempo a incluir en la mía la admirable biografía Isabel II, de Isabel Burdiel, en Taurus), publicadas recientemente en este y otros periódicos. O, mejor aún, pidan consejo a los libreros. Entre las escasas fidelidades que practico está precisamente la de estos profesionales, que, cuando son buenos, resultan asesores insustituibles, conocen los gustos de cada uno de sus clientes y les avisan de lo que puede interesarles. Antonio Méndez (calle Mayor, Madrid) y Marta Ramoneda (La Central, calle Mallorca, Barcelona), tan diferentes entre sí, son dos de mis libreros generalistas favoritos, pero reconozco que hay donde elegir. En los últimos años ha surgido en muchas ciudades españolas un nuevo tipo de librerías, gestionadas por jóvenes, que funcionan de modo opuesto a esos libródromos impersonales de los que hablaba hace unos años Vargas Llosa. Se trata de locales de tamaño mediano en los que se ofrece algo más que libros: un lugar de encuentro acogedor en el que pueden ojearse mientras se charla con amigos y se toman copas o cafés, o se escucha música interpretada (ocasionalmente) por un pequeño grupo. La fórmula, que ha triunfado en algunas ciudades del mundo anglófono en las que, hasta su llegada, las librerías independientes eran una especie en peligro de extinción, podría funcionar también entre nosotros. No son librerías en las que encontrar cualquier cosa que se publique, sino un tipo de libros muy escogido por el propio librero, que busca la complicidad de sus vecinos de barrio, interactuando con ellos en un intento de recuperar un sentido de comunidad que está en trance de desaparecer. Una de las que últimamente me han parecido más interesantes -y que utilizo como mera ilustración de lo dicho- es Tipos Infames, en la madrileña calle de San Joaquín, en uno de los límites del barrio de Malasaña. No exhibe muchos libros -unas 4.000 referencias, en su mayoría narrativa e infantiles-, pero los eligen bien. Y, además, ofrecen buenos caldos (yo me tomé un sólido navaherreros) a precios convenientes, wifi, buen ambiente y mesas cómodas, consejo y buena conversación. Están abiertos de 10 de la mañana a 10 de la noche (¡domingos incluidos!), y los viernes y los sábados hasta la una de la madrugada, lo que supone un alivio para letraheridos insomnes de fin de semana. No sé cómo lo llevan, pero sus dueños (verdaderamente tipos infames) no lucían ojeras y parecían entusiastas. Y, sobre todo, no venden calendarios con niños-repollo de la supercursi Anne Geddes, lo que es muy de agradecer. De modo que un día volveré (homenaje al maestro Marsé).
Gastrosofistas
Nada nuevo bajo el sol. Leo en el capítulo VIII (libro II) de las Sátiras de Horacio (estupenda edición económica con prólogo y traducción de José Luis Moralejo en la Biblioteca Básica Gredos) una feroz burla de los excesos de los gastrosofistas -especie de gourmets que dictan el gusto de los exquisitos tragaldabas- que me parece absolutamente pertinente en una época como la nuestra, en la que abundan cada vez más las tonterías disfrazadas de alta cultura de mesa y mantel. En un diálogo hilarante, Fundanio le describe al poeta el inolvidable banquete de Nasidieno ("nunca lo he pasado mejor", afirma), en el que ocurre de todo. Entre los platos que allí se sirvieron (acompañados de vinos cécubos, albanos y falernos), todos adobados de salsas sofisticadas y complejas, destacamos una morena preñada guarnecida de quisquillas, miembros descuartizados (y rebozados) de grulla macho, hígado de oca blanca cebado con higos y paletillas de liebre o manzanas dulcísimas cosechadas cuando la luna está en cuarto menguante. No quiero dar ideas a nadie -Gargantúa me libre, después de las pitanzas navideñas-, pero reconózcanme que no les extrañaría ver alguno de esos platillos (en dosis conceptuales) en el menú de algunas de esas gastrotecas en las que hay que reservar mesa con mucha anticipación. Que les aproveche la cena de hoy y la comida de mañana.

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